Es una de las labores más duras por la época del año y las condiciones climáticas en las que se realiza, pero que, sin embargo, resulta decisiva para obtener uvas de calidad. Hemos pasado un día en el campo para ver el proceso de cerca y charlar con Susana, Julia y Orlita, tres de las podadoras más experimentadas de nuestra cuadrilla de campo.

 

 

La campaña de poda en Abadía Retuerta comenzó en los últimos días de noviembre y se prolongará hasta finales de este mes de febrero. El trabajo lo realiza este año una cuadrilla de cerca de 20 operarios que este año han tenido que convivir con temporal Filomena que llevó los termómetros hasta los doce grados bajo cero.

La nieve no irrumpe todos los años, pero las húmedas nieblas matinales que se forman en las cercanías del río Duero y las heladas son una constante en esta zona de clima continental extremo.

 

 

A Susana González, Julia Gómez y Orlita Casado, tres veteranas del equipo de campo de Abadía Retuerta, las hemos encontrado tijera en mano en la Pradera del Convento, justo frente a la abadía, mientras podaban en guyot doble las cepas de cabernet sauvignon que se cultivan en esta parcela. Es curioso que, pese a las duras condiciones del trabajo, las tres coinciden en que es una de sus tareas favoritas.

La poda permite dibujar la forma de la planta retirando la parte vegetativa (varas, sarmientos, brazos…) y delimitando de esta forma la cantidad de uvas para la siguiente vendimia: cuántos racimos queremos tener por planta y de qué tamaño, lo que redundará en la calidad y la concentración de las uvas que finalmente se cosechen.

Además, la manera en la que se realice permitirá prolongar notablemente la vida de la cepa ya que las llamadas “heridas de poda” constituyen una de las vías más habituales de entrada de hongos y enfermedades en la planta. Por eso es importante contar con profesionales bien formados que entiendan la fisiología de la planta y no interrumpan sus flujos de savia.

 

 

Susana, Julia y Orlita son de pueblitos cercanos a la bodega y Julia incluso llegó a vivir en Abadía Retuerta de niña en la época en la que muchos de los trabajadores de la finca, como era el caso de sus padres y abuelos, residían dentro de sus límites. Tiene 24 años de experiencia en la viña, los últimos 13 en Abadía. Ahora siente que, en cierto modo, ha vuelto a sus orígenes. Para ella, lo más duro de la poda es el frío. “Soy muy friolera; las manos y los pies se me quedan helados, pero el trabajo me encanta”, nos cuenta.

Nacida en San Bernardo, Orli tiene un historial de 23 años en la finca. La experiencia es un plus y se nota en la rapidez y la destreza con la que trabaja. Sufre el frío al igual que sus compañeras, pero nos confiesa que su talón de Aquiles particular es el viento.

Susana, otra gran veterana lleva trabajando en Abadía Retuerta desde 1994, destaca el adelanto que ha supuesto la aparición de las tijeras eléctricas, que les hace el trabajo mucho más cómodo.

Para cuando se publiquen estas líneas, las tres estarán podando sus últimas cepas del año.

 

 

 

 

 

 

 

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